Sacó algo de pan y sirvió sopa caliente:
– Come, buena mujer, y entra en calor –le ofreció cordialmente.
Mientras comía, la campesina le contó quién era:
– Soy la esposa de un soldado. Hace ocho meses lo enviaron lejos de aquí y no he sabido nada de él. No he podido encontrar trabajo; tuve que vender cuanto poseía para comprar comida. Ayer empeñé mi último chal.
Martín rebuscó en sus estantes y regresó con una vieja capa.
– Toma –le dijo-. Está raída, pero servirá para arropar al pequeño.
Al coger la dádiva, la campesina soltó el llanto y exclamó:
– ¡que Dios lo bendiga!
Martín sonrió. Le relató su sueño y acerca de la visita prometida.
– ¿Quién sabe? Todo es posible –comentó la mujer. Luego se puso de pie y envolvió a su hijo con la capa que le abrigaba.
– Toma esta –añadió Martín, al poner en su mano dinero para que desempañara el chal. Por último, la acompañó hasta la puerta.
El zapatero volvió a sentarse y reanudó su tarea. Cada vez que alguna sombra caía sobre la ventana, alzaba los ojos para ver quién era. Al rato avistó a una mujer que vendía manzanas en un cesto. Llevaba sobre la espalda un pesado costal, que intentaba acomodar. Al apoyar el cesto en un poste, un mozalbete, tocado con una gorra ajada, cogió una manzana e intentó huir corriendo. Pero la anciana lo asía del pelo. El muchacho gritaba, y ella lo insultaba.
Martín corrió a la calle. La vendedora amenazaba con entregar al joven a la policía. “Déjalo ir, madrecita”, le suplicó Martín. “Perdónale, en nombre de Dios”. La mujer lo soltó. “ahora, pídele perdón a la abuela”, ordenó Martín al muchacho, quien empezó a llorar y a pedir perdón.
Martín tomó una manzana del cesto y se la dio al ladrón.
– Te lo pagaré, yo, madrecita –se apresuró a decir.
– ¡Este pillo merece una buena paliza! –refunfuño la vendedora.
– ¡Ay, abuela! –exclamó Martín-. Si él merece que lo azoten por haber robado una manzana, ¿Qué no merecemos todos por nuestros pecados? Dios nos invita a perdonar o no seremos perdonados. Debemos perdonar, sobre todo, a un irreflexivo jovencito.
– Muy cierto. Pero los jóvenes de hoy se están echando a perder.
Cuando la mujer iba a echarse el costal a la espalda, el joven le ofreció: “Permítame cargarlo yo, abuela. Voy por el mismo camino”.
La vendedora acomodó el costal en la espalda del muchacho, y ambos se alejaron por la calle. Martín regresó a su trabajo. Al cabo de un tiempo, la escasa luz ya no le permitía ver la aguja para ensártala en el cuero. Recogió su herramienta, sacudió los recortes de cuerdo de la mesa, y colocó en ella la lámpara. Por último, cogió la Biblia del estante.
Quería abrir el libro en la página que tenía señalada, pero se abrió en otro sitio. En eso, oyó unas pisadas y volvió la cabeza. Una voz le susurró al oído:
– Martín, ¿no me conoces?
– ¿Quién eres? –musitó el zapatero.
– Soy yo –dijo la voz. Y del rincón oscuro surgió Stepánich, sonrió y, como una nube se desvaneció.
– Soy yo –volvió a decir la voz. Y de las sombras salió la mujer con el niño en brazos. La madre sonrió, y el niño rió; a poco, ellos también se fueron esfumado.
– Soy yo –dijo la voz una vez más. La anciana y el muchacho de la manzana emergieron de las sombras, sonrieron y se diluyeron en la penumbra.
Martín sintió una gran alegría. Empezó a leer el evangelio donde el libro se había abierto solo. Al principio de la página, decía:
– Porque yo tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era peregrino, y me hospedasteis.
En la parte inferior de la página, el zapatero leyó:
– Siempre que lo hicisteis con algunos de estos mis más pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis.