jueves, 1 de agosto de 2019

La madurez



Madurez es la habilidad de controlar la ira y resolver las discrepancias sin violencia o destrucción.

Madurez es cuando aprendemos a no prejuzgar, no juzgar, no criticar, no participar en los rumores falsos que contaminan nuestra alma.

Madurez es poner en práctica las enseñanzas de la vida recibidas que nos lleve a la verdadera felicidad.

Madurez es tener una gran intuición y hacer a un lado todo aquello que nos manipule o afecten a nuestras vidas.

Madurez es paciencia. Es la voluntad de posponer el placer inmediato en favor de un beneficio a largo plazo.

Madurez es perseverancia, es la habilidad de sacar adelante un proyecto o una situación a pesar de fuerte oposición y retrocesos decepcionantes.

Madurez es humildad. Es ser suficientemente grande para decir “me equivoqué” y, cuando se está en lo correcto, la persona madura no necesita experimentar la satisfacción de decir “te lo dije”.

Madurez es la capacidad de tomar una decisión y sostenerla. Los inmaduros pasan sus vidas explorando posibilidades para al fin no hacer nada.

Madurez significa confiabilidad, mantener la propia palabra, superar la crisis.

Los inmaduros son maestros de la excusa, son los confusos y desorganizados. Sus vidas son una confusión de promesas rotas, amigos perdidos, negocios sin terminar y buenas intenciones que nunca se convierten en realidades.

“Madurez es el arte de vivir en paz con lo que no se puede cambiar“.

Envejecer es obligatorio, madurar es opcional.

No juzgues



Él quería que sus hijos aprendiesen a no juzgar de manera apresurada. Por eso, a lo largo del año, mandó que cada uno de ellos viajase hasta una localidad distante, donde había un peral plantado.

Después de que volviese el último hijo, el hombre los reunió y pidió a cada uno que les describiera lo que habían visto.

El primero dijo que el árbol era feo y retorcido.

El segundo hijo manifestó su desacuerdo, indicando que el árbol tenía hojas verdes y estaba cubierto de preciosas flores de aroma tan dulce que él se arriesgaría a decir que eran las flores más graciosas que había visto.

El tercer hijo argumentó que estaban confundidos, ya que el árbol estaba repleto de frutos dorados, bellos y sabrosos. El árbol estaba tan cargado de frutos que estaba arqueado y lleno de vida.

El último hijo no estuvo de acuerdo con los demás, diciendo que el árbol no tenía flores ni frutos, aunque sí hojas coloridas con los más bellos tonos de rojo y dorado.

El hombre explicó a sus hijos que todos estaban en lo cierto, pues cada uno había visto el árbol en una estación diferente. Agregó que no se puede juzgar un árbol o a una persona por sólo una estación.

La vida sólo puede ser cuantificado al final, cuando todas las estaciones se completen. Quien desiste delante del invierno, pierde las delicias de las demás estaciones.

El circo



Cuando yo era adolescente, en cierta ocasión estaba con mi padre, haciendo cola para comprar entradas para el circo. Al final, sólo quedaba una familia entre la ventanilla y nosotros. Esta familia me impresionó mucho: eran 8 chicos, todos probablemente menores de 12 años, se veía que no tenían mucho dinero.

La ropa que llevaban no era cara pero estaban limpios, los chicos eran bien educados, todos hacían bien la cola de a dos. Detrás de los padres, tomados de la mano, hablaban con emoción de los payasos, los elefantes y otros números que verían esa noche. Se notaba que nunca antes habían ido al circo, por lo que prometía ser el evento de diversión del año. El padre y la madre estaban al frente del grupo de pie, orgullosos, los dos de la mano, sonriendo y henchidos de orgullo.

La empleada de la ventanilla preguntó al padre cuantas entradas quería, el respondió con orgullo: Por favor deme 8 entradas para menores y 2 de adultos para que mi familia entre al circo. La empleada le indicó el precio, la mujer soltó la mano de su marido, ladeó su cabeza y el labio del hombre empezó a torcerse. Este se acercó un poco más y preguntó ¿Cuánto dijo que era? La empleada volvió a mencionar el precio. ¿Cómo iba a darse la vuelta y decirles a sus 8 hijos que no tenía suficiente dinero para llevarlos al circo?

Viendo lo que pasaba, Papá puso la mano en el bolsillo, sacó un billete de 20 dólares y lo tiró al suelo.

¡Nosotros no éramos ricos en absoluto! Mi padre se agachó, recogió el billete, palmeó al hombre en el hombro y le dijo..

Disculpe señor se le cayó esto del bolsillo...; el hombre se dio cuenta de lo que pasaba, no había pedido limosna pero sin duda había apreciado la ayuda en una situación desesperada, angustiosa e incómoda, miró a mis padres directamente a los ojos con sus dos manos le tomo las suyas, apretó el billete de 20 dólares y con labios trémulos y una lágrima rodándole por la mejilla replicó: Muchas gracias, gracias señor, esto significa realmente mucho para mí y para mi familia. Papá y yo volvimos a nuestro auto y regresamos a casa.

Esa noche no fuimos al circo, pero nos marchamos con la satisfacción de pensar lo bien que se lo iba a pasar esa familia.

El elefante del circo



Cuando yo era chico me encantaban los circos y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. También a mí como a otros, me llamaba la atención el elefante. Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de peso, tamaño y fuerza descomunal... 

Pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo.

Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de tajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir.

El misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces? ¿Por qué no huye?

Cuando tenía cinco o seis años, pregunté a mi padre por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado.

Hice entonces la pregunta obvia: Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan? No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente.

Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca... y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.

Hace algunos años descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta:

"El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy pequeño".

Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca. 

Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo.La estaca era ciertamente muy fuerte para él. Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvía a probar, y también al otro y al que seguía... hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.

Este elefante enorme y poderoso no escapa porque CREE QUE NO PUEDE.
Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que se siente poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro. Jamás... jamás intentó poner a prueba su fuerza otra vez...

Cada uno de nosotros somos un poco como ese elefante: vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad. Vivimos creyendo que un montón de cosas "no las podemos hacer" simplemente porque alguna vez probamos y no pudimos. Grabamos en nuestro recuerdo "no puedo... no puedo y nunca podré", perdiendo una de las mayores bendiciones con que puede contar un ser humano: la Fe.

La única manera de saber es intentar de nuevo poniendo en el intento TODO NUESTRO CORAZÓN y todo nuestro esfuerzo como si todo dependiera de nosotros, pero al mismo tiempo, confiando totalmente en Dios como si todo dependiera de él.


Donde está el Amor, allí está Dios



En cierta ciudad vivía un zapatero remendón que se llamaba Martín Avdeich. Su morada era una pieza minúscula, en un sótano, cuya única ventana miraba a la calle. A través de ella, sólo veía los pies de las personas que pasaban por ahí, pero Martín reconocía a muchos transeúntes al ver sus botas, que él había reparado. Tenía mucho trabajo, pues se esmeraba en hacerlo bien, utilizando buenos materiales y no cobraba en demasía.

Su esposa e hijos habían muerto hacía vario años, y eran tan grandes su dolor y desesperación, que había reprochado a Dios su tragedia. Pero cierto día un anciano que había nacido en la misma aldea natal de Martín, y que se había vuelto un peregrino y hombre de Dios, visitó al zapatero, y éste le abrió su corazón: Ya no deseo seguir viviendo –le confió-. He perdido toda esperanza.

El anciano le contestó:
– Estás desesperado porque sólo piensas en ti, y en tu propia felicidad. Lee los Evangelios: allí verás cómo quiere Dios que vivas.

Martín compró una Biblia. Al principio, la leía únicamente los domingos y días de guardas, pero una vez que comenzó su lectura sintió tal felicidad en su corazón, que dio en leerla diariamente.

Y así sucedió que, ya tarde, una noche, al leer el Evangelio de San Lucas, llegó al pasaje donde el fariseo rico invitó al Señor a su casa. Una pecadora se presentó a Jesús, le limpió y ungió los pies, y luego los enjuagó con sus lágrimas. El Señor le dijo al fariseo: – ¿Ves a esta mujer? Yo entre a su casa, y no me has agua con que se lavaran mis pies, más ésta lavado mis pies con sus lágrimas, y los ha enjuagado con sus cabellos. Tú no has ungido con óleo mi cabeza, y ésta ha derramado sobre mis pies sus perfumes.

Martín reflexionó. Este fariseo debió ser un ignorante, como yo. Si el Señor viniera a mí, ¿me comportaría de esa manera? Luego apoyó la cabeza en los brazos y se quedó dormido. De pronto, escuchó una voz y despertó. No había nadie allí, pero oyó que le decían claramente: “¡Martín!, asómate a la calle mañana, porque vendré a verte”

El zapatero remendón se levantó antes del alba, encendió el fuego y preparó su sopa de col y su avena con leche. A continuación se puso el delantal y se sentó a trabajar frente a la ventana.

Mientras recordaba lo que había sucedido la noche anterior, miraba hacia la calle a la vez que hacía su labor. Cuando pasaba alguien con botas que él desconocía, miraba hacia arriba para verle la cara. Pasó un portero. Luego, un aguador. Al mismo tiempo, un anciano llamado Stepánich, que trabajaba para un comerciante vecino, empezó a quitar con pala la nieve acumulada frente a la ventana, Martín lo miró y prosiguió su tarea. Después de hacer una docena de puntadas, miró de nuevo por la ventana. Stepánich había apoyado la pala en la pared, estaba descansado o tratando de entrar en calor. Martín se asomó a la puerta y lo llamó.

– Entra, pasa y caliéntate. Debes de estar helado.
– ¡Que Dios te bendiga! –le agradeció Stepánich.
Entró, se sacudió la nieve y empezó a limpiarse los zapatos. Al hacerlo se tambaleó y estuvo a punto de caer.
– ¡Tranquilo! –le dijo Martín -. Siéntate, tomaremos un poco de té.

Y, llenándolo dos vasos, pasó uno a su visitante, que lo vació en seguida. Se veía a las claras que deseaba más. El anfitrión le volvió a llenar el vaso. Mientras bebían, Martí seguía mirando hacia la calle.

– ¿esperas a alguien?
– Anoche –respondió Martín- estaba leyendo cómo Cristo visitó la casa de un fariseo que no lo recibió dignamente, ¿Y si eso me sucediera a mí? ¡Qué no haría para recibirlo como se merece! Entonces me dominó el sueño, y escuché que alguien me cuchicheaba: “Busca en la calle mañana porque vendré”

Mientras Stepánich escuchaba, abundantes lágrimas corrían por las mejillas. Dijo: gracias, Martín Avdeích. Me has reconfortado el cuerpo y el alma.

Stepánich se despidió, salió, y el zapatero se sentó en su mesa de trabajo a coser una bota. Al observar por la ventana, vio que una mujer de zuecos, pasó, y se detuvo cerca de la pared. Martín advirtió que iba pobremente vestida y con un niño en brazos. De espaldas al frío cierzo, trataba de proteger a su pequeño con sus delgados andrajos. Martín salió y la invitó a pasar.

Sacó algo de pan y sirvió sopa caliente:
– Come, buena mujer, y entra en calor –le ofreció cordialmente.

Mientras comía, la campesina le contó quién era:
– Soy la esposa de un soldado. Hace ocho meses lo enviaron lejos de aquí y no he sabido nada de él. No he podido encontrar trabajo; tuve que vender cuanto poseía para comprar comida. Ayer empeñé mi último chal.

Martín rebuscó en sus estantes y regresó con una vieja capa.
– Toma –le dijo-. Está raída, pero servirá para arropar al pequeño.
Al coger la dádiva, la campesina soltó el llanto y exclamó:
– ¡que Dios lo bendiga!

Martín sonrió. Le relató su sueño y acerca de la visita prometida.
– ¿Quién sabe? Todo es posible –comentó la mujer. Luego se puso de pie y envolvió a su hijo con la capa que le abrigaba.
– Toma esta –añadió Martín, al poner en su mano dinero para que desempañara el chal. Por último, la acompañó hasta la puerta.

El zapatero volvió a sentarse y reanudó su tarea. Cada vez que alguna sombra caía sobre la ventana, alzaba los ojos para ver quién era. Al rato avistó a una mujer que vendía manzanas en un cesto. Llevaba sobre la espalda un pesado costal, que intentaba acomodar. Al apoyar el cesto en un poste, un mozalbete, tocado con una gorra ajada, cogió una manzana e intentó huir corriendo. Pero la anciana lo asía del pelo. El muchacho gritaba, y ella lo insultaba.

Martín corrió a la calle. La vendedora amenazaba con entregar al joven a la policía. “Déjalo ir, madrecita”, le suplicó Martín. “Perdónale, en nombre de Dios”. La mujer lo soltó. “ahora, pídele perdón a la abuela”, ordenó Martín al muchacho, quien empezó a llorar y a pedir perdón.

Martín tomó una manzana del cesto y se la dio al ladrón.

– Te lo pagaré, yo, madrecita –se apresuró a decir.
– ¡Este pillo merece una buena paliza! –refunfuño la vendedora.
– ¡Ay, abuela! –exclamó Martín-. Si él merece que lo azoten por haber robado una manzana, ¿Qué no merecemos todos por nuestros pecados? Dios nos invita a perdonar o no seremos perdonados. Debemos perdonar, sobre todo, a un irreflexivo jovencito.
– Muy cierto. Pero los jóvenes de hoy se están echando a perder.
Cuando la mujer iba a echarse el costal a la espalda, el joven le ofreció: “Permítame cargarlo yo, abuela. Voy por el mismo camino”.

La vendedora acomodó el costal en la espalda del muchacho, y ambos se alejaron por la calle. Martín regresó a su trabajo. Al cabo de un tiempo, la escasa luz ya no le permitía ver la aguja para ensártala en el cuero. Recogió su herramienta, sacudió los recortes de cuerdo de la mesa, y colocó en ella la lámpara. Por último, cogió la Biblia del estante.

Quería abrir el libro en la página que tenía señalada, pero se abrió en otro sitio. En eso, oyó unas pisadas y volvió la cabeza. Una voz le susurró al oído:
– Martín, ¿no me conoces?
– ¿Quién eres? –musitó el zapatero.
– Soy yo –dijo la voz. Y del rincón oscuro surgió Stepánich, sonrió y, como una nube se desvaneció.
– Soy yo –volvió a decir la voz. Y de las sombras salió la mujer con el niño en brazos. La madre sonrió, y el niño rió; a poco, ellos también se fueron esfumado.
– Soy yo –dijo la voz una vez más. La anciana y el muchacho de la manzana emergieron de las sombras, sonrieron y se diluyeron en la penumbra.

Martín sintió una gran alegría. Empezó a leer el evangelio donde el libro se había abierto solo. Al principio de la página, decía:
– Porque yo tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era peregrino, y me hospedasteis.

En la parte inferior de la página, el zapatero leyó:
– Siempre que lo hicisteis con algunos de estos mis más pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis.

Martín comprendió que el Salvador realmente lo había visitado día, y que él lo había recibido dignamente.



León Tolstoi
(La navidad de Martin)
(Mini cuento de Navidad traducido al español)
(Versión corta del cuento)


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